Cuando pensamos en un ser vivo que emite luz, probablemente imaginamos una luciérnaga, un pez abisal o algún organismo marino capaz de producir un resplandor visible en la oscuridad. Pero existe otro tipo de luz mucho más discreta. Tan débil que nuestros ojos no pueden detectarla y que, sin instrumentos especialmente sensibles, pasaría completamente desapercibida.
Los seres vivos emitimos fotones de manera continua. Esta emisión recibe el nombre de emisión de fotones ultra débiles, o UPE por sus siglas en inglés, y también se conoce habitualmente como emisión de biofotones.
No estamos hablando de una metáfora ni de una interpretación espiritual de la vida. Se trata de un fenómeno físico que puede medirse mediante fotomultiplicadores y cámaras extremadamente sensibles. Las investigaciones actuales estudian qué relación tiene esta tenue emisión con el metabolismo, el estrés oxidativo, la actividad celular y, posiblemente, determinados procesos de comunicación biológica.
Es en este punto donde la trama alcanza una nueva dimensión: una parte de esta luz se encuentra precisamente en las regiones del espectro que estudiamos cuando hablamos de color.
¿Qué son exactamente los biofotones?
Conviene empezar distinguiendo dos fenómenos que pueden parecer similares, pero que no lo son.
La bioluminiscencia es la producción de luz mediante mecanismos bioquímicos especializados. Es el caso de las luciérnagas, algunos hongos y numerosos organismos marinos. En estos seres, determinadas reacciones químicas producen una cantidad de luz suficiente para que podamos verla directamente.
Los biofotones son otra cosa. Las células producen de manera natural una emisión extraordinariamente débil de fotones, relacionada principalmente con reacciones metabólicas y procesos oxidativos. Cuando determinadas moléculas se encuentran en estados electrónicamente excitados, pueden liberar esa energía en forma de fotones.
La emisión puede encontrarse desde el ultravioleta cercano hasta el infrarrojo próximo. Las mediciones publicadas sitúan habitualmente su intensidad en unos pocos fotones hasta varios cientos por centímetro cuadrado y segundo durante procesos metabólicos normales, pudiendo aumentar cuando existe estrés oxidativo.
Es una cantidad diminuta. Tan diminuta que una habitación completamente a oscuras sigue siendo mucho más luminosa para nuestros ojos que la emisión procedente de nuestro propio cuerpo.
Por eso necesitamos instrumentos especiales para detectarla.
Una historia que comenzó con una planta y una idea controvertida
La investigación sobre esta emisión tiene una historia bastante curiosa. A comienzos del siglo XX, el biólogo ruso Alexander Gurwitsch realizó experimentos con raíces de cebolla y propuso que las células podían emitir una radiación extremadamente débil relacionada con la división celular.
La interpretación original de aquellos experimentos ha sido discutida durante décadas y algunos de sus resultados más llamativos siguen siendo objeto de debate. Sin embargo, la existencia de emisiones fotónicas ultradébiles procedentes de sistemas biológicos sí ha sido confirmada posteriormente mediante instrumentos mucho más sensibles.
Durante la segunda mitad del siglo XX, investigadores como Fritz-Albert Popp contribuyeron a popularizar el término biofotón y a desarrollar hipótesis sobre el posible papel de estas emisiones en los organismos vivos.
Hoy la cuestión ya no es si las células emiten esta luz, sino qué información podemos obtener de ella y si desempeña alguna función biológica más allá de ser un producto de determinadas reacciones metabólicas.
El cerebro también emite luz
Uno de los aspectos más llamativos de esta investigación procede precisamente del cerebro.
En 2016, un equipo dirigido por Zhuo Wang estudió la emisión de biofotones en cortes cerebrales de distintas especies, desde anfibios hasta mamíferos. Los investigadores observaron diferencias en el espectro de emisión y describieron un desplazamiento hacia longitudes de onda mayores, es decir, hacia el rojo y el infrarrojo, al pasar de unas especies a otras. En el cerebro humano llegaron a detectar emisiones cercanas a los 865 nanómetros, dentro del infrarrojo próximo.
El resultado resulta especialmente llamativo porque la longitud de onda está relacionada con la energía de un fotón: cuanto mayor es la longitud de onda, menor es su energía.
Los autores propusieron que esta característica podría estar relacionada con una transmisión de información óptica más eficiente. Pero aquí conviene hacer una distinción importante: el estudio mostró una diferencia espectral en determinadas condiciones experimentales, no demostró que la inteligencia humana sea producida por los biofotones ni que nuestros pensamientos se transmitan mediante luz.
De hecho, los propios investigadores señalaron que todavía queda por aclarar cómo podrían participar los biofotones en la transferencia, codificación y almacenamiento de información neuronal.
Es una diferencia importante entre una observación interesante y una explicación definitiva.
La luz cambia cuando cambia el estado del organismo
Una de las razones por las que los biofotones despiertan tanto interés científico es que su emisión no permanece constante.
Las reacciones oxidativas que tienen lugar dentro de las células pueden modificarla. El estrés oxidativo, las lesiones y otros cambios fisiológicos pueden alterar tanto la intensidad como la distribución espacial de esta emisión.
En 2025, un equipo de la Universidad de Calgary publicó un estudio en el que utilizó cámaras de alta sensibilidad para visualizar la emisión ultradébil de ratones vivos y muertos, además de estudiar plantas sometidas a estrés. El trabajo permitió observar diferencias muy claras entre los patrones de emisión de los organismos vivos y los cambios posteriores a la muerte.
Esto no significa que exista un interruptor que simplemente apague la luz en el momento de la muerte. La biología es más compleja. Los procesos químicos continúan durante un tiempo después de que un organismo muere y, por tanto, también pueden continuar determinadas emisiones.
Lo realmente interesante es que la emisión está relacionada con el estado metabólico y químico del organismo. Por eso puede convertirse en una especie de ventana indirecta hacia lo que está ocurriendo dentro de las células.
¿Podemos utilizar esta luz para detectar enfermedades?
Esta es probablemente una de las aplicaciones que más interés despierta actualmente.
Imaginemos una técnica capaz de observar el organismo sin inyectar sustancias, sin realizar una biopsia y sin someter al paciente a radiación. En lugar de introducir algo en el cuerpo, el instrumento simplemente mediría la diminuta cantidad de luz que ya está saliendo de él.
La idea todavía pertenece al terreno de la investigación, pero existen resultados que justifican seguir estudiándola.
Una revisión científica sobre la emisión ultradébil de fotones en seres humanos señala que factores externos, enfermedades, actividad cerebral y procesos relacionados con el estrés oxidativo pueden modificar la emisión. Los autores consideran que podría tener aplicaciones futuras como herramienta espectroscópica no invasiva, aunque también subrayan que quedan cuestiones importantes por resolver.
También se han realizado experimentos relacionados con enfermedades neurodegenerativas. En un estudio publicado en 2024, investigadores observaron emisiones ultradébiles en el hipocampo de modelos de rata con una forma experimental de enfermedad de Alzheimer. Encontraron una relación entre la emisión, el estrés oxidativo y determinados cambios asociados con la enfermedad. El resultado es interesante, pero todavía estamos hablando de investigación experimental en animales, no de una prueba diagnóstica disponible para personas.
Algo parecido ocurre con el cáncer y otras enfermedades. Se han estudiado diferencias en los patrones de emisión de células y tejidos, pero transformar estos resultados en una herramienta médica fiable requiere estudios mucho más amplios y reproducibles.
¿Y qué ocurre con la intención, la meditación y la conciencia?
Aquí entramos en una zona mucho más controvertida, casi en el terreno de la ciencia ficción. Pero hay que imaginar para crear.
En 2017, Beverly Rubik y Harry Jabs publicaron un estudio piloto en el que analizaron la emisión de biofotones en personas relacionadas con prácticas de sanación energética y estudiaron, entre otras variables, cambios asociados a la intención y a determinados estados mentales. En uno de sus experimentos observaron una reducción del 11% en la emisión de las manos de los participantes después de una sesión.
El resultado puede resultar sugerente, pero no permite concluir que la conciencia controle directamente los biofotones ni que exista una transferencia de energía fotónica entre un sanador y otra persona.
El propio estudio tenía carácter piloto y utilizaba muestras pequeñas. Además, las explicaciones que relacionan estos resultados con entrelazamiento cuántico o mecanismos similares son hipótesis, no hechos establecidos.
Esto no hace que el fenómeno carezca de interés. Al contrario, plantea una pregunta que puede investigarse experimentalmente: ¿hasta qué punto los estados fisiológicos y mentales modifican las emisiones ultradébiles del organismo?
La respuesta podría ayudarnos a comprender mejor la relación entre actividad cerebral, metabolismo y procesos oxidativos.
Una cámara capaz de ver lo que nuestros ojos no pueden
Para detectar esta emisión necesitamos algo parecido a una cámara fotográfica llevada al extremo.
Los instrumentos utilizados en estos experimentos pueden emplear tubos fotomultiplicadores o cámaras CCD y CMOS especialmente sensibles, capaces de registrar cantidades de luz que serían completamente insignificantes para una cámara convencional.
El resultado puede convertirse en una imagen que muestra dónde y cuándo se producen más emisiones.
Y aquí aparece una conexión especialmente interesante con el mundo del color. Aunque nuestros ojos no puedan ver estos fotones, algunos se encuentran dentro del espectro visible. Otros están en el ultravioleta o el infrarrojo próximo. Por tanto, cuando los investigadores representan estas emisiones mediante colores, no están fotografiando literalmente el "aura" de una persona. Están convirtiendo datos físicos, invisibles para nosotros, en una representación visual que podemos interpretar. Es una diferencia fundamental.
El color de una imagen científica de biofotones no significa necesariamente que el cuerpo esté emitiendo exactamente ese color que vemos en la pantalla. Es una forma de traducir una cantidad física a un lenguaje visual.
¿Estamos ante una nueva forma de comunicación celular?
Esta es quizá la pregunta más interesante de todas. Sabemos que las células emiten fotones. También sabemos que la emisión cambia dependiendo de su estado metabólico y que determinadas células son capaces de detectar diferentes formas de radiación electromagnética.
Pero una cosa es emitir luz y otra muy diferente utilizarla deliberadamente para transmitir información.
Algunas investigaciones han propuesto que los biofotones podrían participar en mecanismos de comunicación entre células. También existen hipótesis que intentan relacionarlos con procesos de la llamada biología cuántica. Sin embargo, todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que el organismo posea una red óptica interna comparable al sistema nervioso o a la comunicación química entre células.
Una revisión publicada en 2026 resume precisamente esta situación: la emisión ultradébil parece estar relacionada con el estado celular y existen hipótesis sobre su posible papel informativo, pero no se ha demostrado de forma concluyente que el ADN, por ejemplo, funcione como un sistema dedicado de comunicación mediante biofotones.
La vida bajo una nueva luz
Durante mucho tiempo hemos aprendido a describir la vida mediante moléculas, células, órganos, impulsos eléctricos y reacciones químicas. La emisión ultradébil de fotones añade otra pieza a ese enorme rompecabezas.
No significa que seamos seres luminosos en el sentido que solemos imaginar. Tampoco significa que nuestros pensamientos sean haces de luz ni que la conciencia pueda controlar a voluntad los fotones que emitimos.
Significa algo más sencillo y, quizá por eso, más interesante: los procesos que mantienen la vida dejan una pequeña huella luminosa.
Cada segundo, mientras nuestras células consumen oxígeno, producen energía, reparan moléculas y responden a cambios en su entorno, algunas de esas reacciones generan fotones. Son demasiado débiles para que podamos verlos, pero están ahí.
La investigación actual intenta averiguar si esta emisión es solamente una consecuencia de la actividad metabólica o si, además, contiene información que podamos utilizar para conocer mejor el estado de un organismo.
Si algún día conseguimos leer esa información con suficiente precisión, quizá podamos observar determinados procesos biológicos de una manera completamente diferente, sin abrir el cuerpo y sin modificarlo.
Y entonces la expresión "la luz de la vida" tendría un significado bastante más literal de lo que parece.
Fuentes
- Confirmado! los Humanos Emitimos Luz ahora científicos se preguntan ¿para qué sirve? https://www.youtube.com/watch?v=Dc55YMqlp2o 11
- Imágenes creadas con inteligencia artificial. En orden: "baked-pumpkin", "qwen-image-2.1", "gemini-3.1-flash-lite-image (nano-banana-2-lite)"
- Cifra, M. y Pospíšil, P. (2014). Ultra-weak photon emission from biological samples: definition, mechanisms, properties, detection and applications.
- Mould, R. R. et al. (2024). Ultra weak photon emission, a brief review.
- Wang, Z. et al. (2016). Human high intelligence is involved in spectral redshift of biophotonic activities in the brain.
- Salari, V. et al. (2025). Imaging Ultraweak Photon Emission from Living and Dead Mice and from Plants under Stress.
- Sefati, N. et al. (2024). Monitoring Alzheimer's disease via ultraweak photon emission.
- https://sobrecolores.blogspot.com/2021/10/biofotones.html



